martes, 22 de septiembre de 2015

Viajar libros (12): Bogotá - El ruido de las cosas al caer

martes, 22 de septiembre de 2015

Creo que fue mala idea leer El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez, antes de tomar un vuelo, con escalas, a Bogotá. Encima el viaje fue de noche, con lluvia, rayos y truenos lo que no es lo más agradable para un limeño promedio.

El inicio de la novela es muy bueno, lo sentí por un momento "real maravilloso" (inevitable si se piensa en la literatura colombiana), aunque luego la prosa va "pisando tierra" un poco, sin dejar de estar bien escrito. Conmueve, sin ser melodramático. Creo que seguiré con Las reputaciones.

Esta obra es también un perfecto ejemplo de un género al que denominaría "novela de la memoria": aquellas obras donde la trama es la memoria o el recuerdo de otra persona, distinta al protagonista, que se vuelve el narrador de la vida de un tercero, una suerte de "detective" que trata de contarnos sobre la vida de este tercero. Ejemplos hay varios: Los detectives salvajes, Soldados de Salamina, Leviatán de Auster y en el plano local Memorias de una dama de Roncagliolo y las dos novelas de Daniel Alarcón (Radio Ciudad perdida y De noche andamos en círculos), aunque no todas las mencionadas me han gustado igual.

Escribir sobre viajar es también un ejercicio de memoria, es intentar desentrañar el espíritu de un lugar lejano. Sobre todo cuando uno está poco tiempo en un solo sitio. Sin embargo, no podía sacar de mi mente la novela durante el tiempo que estuve en Bogotá y algunos pasajes que luego revisé:

"Bajé a la carrera Séptima y comencé a caminar por el centro de Bogotá, pasando por la plaza de Bolívar y siguiendo hacia el norte, metiéndome entre la gente en la acera siempre abarrotada y dejándome empujar por los que tenían más prisa y chocándome con los que venían de frente, y buscando callejones que frecuentara poco e incluso metiéndome al mercado de artesanías de la calle 10, me parece que es la calle 10".
También estuve caminando por la carrera Séptima, y no fue necesario empujarme con nadie, porque ahora han sacado los carros de ahí y debe ser una de las vías peatonales más grandes que recuerde. Lo malo es que por esa zona los restaurantes, las casas de cambio, etc. cierran muy temprano (entre las 7 y 8 pm.). Llegué a la Plaza Bolívar. 
























 
A dos cuadras de esa plaza se encuentra el Centro Cultural Gabriel García Márquez, pero el mejor homenaje al buen Gabo estaba en la carrera 10:


Bogotá está llena de grafitis y de gente. Pero también hay espacios un poco más tranquilos. A pesar de su gran vida nocturna, el barrio de La Candelaria, de día, parece una típica ciudad de provincia, que me hizo acordar al Cuzco:

"Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá, entre casas viejas con tejas de barro cocido y placas de mármol que reseñan para nadie momentos históricos"


Quizás fui la excepción porque me fijé en varias de las placas, mucho más limpias y legibles que las que abundan en las calles del centro de Lima. Sobre todo en una que se encontraba en la calle 12-C: la Casa de Poesía, donde había vivido el poeta José Asunción Silva:


"Estaba pensando en la Casa de Poesía, la vieja residencia del poeta José Asunción Silva, ahora convertida en un centro cultural donde se hacían lecturas y talleres. Yo solía frecuentar ese lugar; lo había hecho durante toda la carrera. Uno de sus salones era un lugar único en Bogotá: allí, los letraheridos de todas las calañas iban a sentarse en sofás de cuero mullido, junto a equipos de sonido de una cierta modernidad, y escuchaban hasta cansarse grabaciones ya legendarias (...)".

No sabía de la existencia de este poeta hasta que leí la novela y luego lo vería innumerables veces en los billetes de 5000 pesos, como a otro famoso autor colombiano (y en realidad hay muuchos casos similares):


Quizás la parte más impactante y clave de la novela sucede en esta Casa de la Poesía. Cuando leí la obra me imaginaba el lugar completamente diferente. Es curioso como puede cambiar tu concepto de una locación de una obra de ficción hasta que pisas ese mismo sitio: una casita con un jardín interior, muchos libros y muy acogedora. Y sí, había algunas personas escuchando grabaciones con audífonos (y una foto del buen Gabo no podía faltar ahí)



Tampoco podía olvidar lo que le pasa a los protagonistas luego de escuchar una grabación en esa Casa. Y hay tanta gente en moto por La Candelaria, que no podía evitar ponerme un poquito nervioso cuando las sentía cruzar raudamente por las estrechas callecitas en subida.

Pero aún faltaban muchas calles por recorrer...




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